El newsletter de Forbes para líderes que no reaccionan al cambio: lo diseñan.
Por Giuseppe Stigliano.
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El auge del A-Commerce (agentic commerce)
El comercio está entrando en una nueva fase: el A-Commerce, donde agentes de inteligencia artificial toman decisiones de compra, comparación y reposición en nombre de personas y empresas. A diferencia del e-commerce tradicional —pensado para humanos—, el A-Commerce introduce interacciones máquina-máquina que optimizan tiempo, precio y conveniencia sin fricción cognitiva.
Este cambio obliga a las marcas a replantear desde cero sus catálogos, pricing, arquitectura de datos y experiencia: diseñar para agentes no es lo mismo que diseñar para personas. Las compañías que no diferencien qué decisiones deben seguir siendo humanas y cuáles pueden delegarse a agentes corren el riesgo de optimizar experiencias para usuarios que ya no existen. El A-Commerce no reemplaza al comercio tradicional, pero redefine qué canales importan, cuándo y para quién.
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De la omnicanalidad a la opticanalidad
Durante años, la omnicanalidad fue el ideal del retail: estar presentes en todos los canales, integrados y sin fricciones. Hoy, ese enfoque muestra sus límites. Mantener omnipresencia es costoso, complejo y, en muchos casos, ineficiente. La alternativa emergente es la opticanalidad: elegir estratégicamente en qué canales competir, con qué rol y para qué tipo de interacción.
La opticanalidad no consiste en reducir presencia, sino en optimizar impacto. Implica aceptar que no todos los productos deben estar en todos los canales, ni todas las promociones ser idénticas en físico y digital. En un contexto donde algunos touchpoints serán gestionados por agentes de IA y otros seguirán siendo profundamente humanos, la disciplina estratégica ya no es sumar canales, sino decidir cuáles eliminar.
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Por qué medir no es lo mismo que predecir
La disponibilidad masiva de datos ha llevado a una confusión frecuente en las organizaciones: asumir que lo medible es necesariamente predecible. Sin embargo, en entornos volátiles, la medición no garantiza estabilidad. Las variables cambian más rápido que los modelos, y los bucles de retroalimentación aceleran efectos no lineales.
Este error conceptual tiene consecuencias estratégicas. Muchas decisiones se retrasan esperando “más datos”, cuando en realidad lo que falta no es información sino criterio. La ventaja competitiva hoy no está en tener mejores dashboards, sino en combinar datos con juicio, escenarios probabilísticos y capacidad de adaptación. La predictibilidad ya no es el punto de partida: es, en el mejor de los casos, una hipótesis provisional.
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Por qué medir no es lo mismo que predecir
La disponibilidad masiva de datos ha llevado a una confusión frecuente en las organizaciones: asumir que lo medible es necesariamente predecible. Sin embargo, en entornos volátiles, la medición no garantiza estabilidad. Las variables cambian más rápido que los modelos, y los bucles de retroalimentación aceleran efectos no lineales.
Este error conceptual tiene consecuencias estratégicas. Muchas decisiones se retrasan esperando “más datos”, cuando en realidad lo que falta no es información sino criterio. La ventaja competitiva hoy no está en tener mejores dashboards, sino en combinar datos con juicio, escenarios probabilísticos y capacidad de adaptación. La predictibilidad ya no es el punto de partida: es, en el mejor de los casos, una hipótesis provisional.
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La experiencia del cliente ya no compite por sector
Las expectativas de los clientes ya no se forman comparando marcas dentro de una misma industria, sino frente a las mejores experiencias vividas en cualquier contexto. Un banco compite con una app de movilidad; un retailer, con una plataforma digital; una empresa B2B, con una experiencia de consumo impecable.
Este fenómeno, conocido como benchmarks experienciales, explica por qué muchas compañías “correctas” pierden relevancia. El cliente no evalúa procesos internos ni limitaciones operativas: evalúa cómo se sintió. Las organizaciones que siguen diseñando experiencias basadas en estándares sectoriales subestiman una realidad clave: hoy se compite contra la mejor experiencia que el cerebro del cliente recuerda, no contra el competidor histórico.
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Cuando la tecnología no compensa una mala organización
La inversión en tecnología sigue creciendo, pero muchas transformaciones digitales fracasan por una razón estructural: intentan resolver con herramientas lo que es, en esencia, un problema de diseño organizativo. Sistemas avanzados no corrigen silos, incentivos mal alineados ni decisiones difusas.
La evidencia es clara: sin claridad en roles, gobernanza y prioridades, la tecnología amplifica el desorden en lugar de corregirlo. Por eso, las organizaciones más efectivas abordan la transformación en un orden distinto: primero estructura y procesos, luego personas y cultura, y recién al final tecnología. En un contexto de aceleración permanente, la ventaja no está en adoptar más herramientas, sino en decidir mejor qué problemas vale la pena automatizar.
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De nuestra edición print, en exclusivo por Giuseppe Stigliano
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Lujo a toda velocidad: por qué las grandes marcas apuestan por la F1
El lujo siempre ha buscado escenarios donde brillar. Primero fueron las canchas de tenis, luego los vestuarios del fútbol. Hoy, su pista más deslumbrante es la Fórmula 1, donde cada curva es marketing y cada podio, un espectáculo global.
El lujo siempre ha buscado escenarios donde brillar. Primero fueron las canchas de tenis, luego los vestuarios del fútbol. Hoy, su pista más deslumbrante es la Fórmula 1, donde cada curva es marketing y cada podio, un espectáculo global.

Los mundos del lujo y del deporte siempre han estado más cerca de lo que parecen. En el tenis, esta intersección es más evidente. La herencia de elegancia y tradición del juego ha atraído durante décadas a relojeros, joyeros y casas de moda. La asociación de Rolex con Roger Federer durante más de veinte años o la presencia de Serena Williams en las campañas de más alto nivel de Nike ilustran cómo el lujo y las disciplinas deportivas pueden elevarse mutuamente.
A veces, los símbolos son aún más elocuentes y van mucho más allá de un simple logotipo. Cuando las estrellas del tenis entran a la cancha, en transmisión mundial, con un bolso de lujo monogramado, no se trata solo de un accesorio: es una declaración. Ese gesto resume lo que el lujo persigue en el deporte: la oportunidad de vincular su identidad con íconos atléticos cuya disciplina, precisión y aura trascienden con creces los límites de la pista.
El fútbol también ha sido terreno fértil. Clubes como el Real Madrid, Manchester United y el Paris Saint-Germain han firmado acuerdos con Dior, Armani y Hugo Boss. Los vestuarios son tanto pasarelas como zonas de preparación, con jugadores que se convierten en embajadores de estilo. Para las marcas de lujo, el atractivo es obvio: el fútbol ofrece un alcance sin igual y una conexión emocional con los aficionados. Sin embargo, mientras el fútbol brinda escala, a menudo diluye la exclusividad.
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LOS ÚLTIMOS LANZAMIENTOS EDITORIALES DE GIUSEPPE STIGLIANO
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Se ha desempeñado como ceo de tres firmas internacionales de marketing, colaborando con más de 300 empresas a nivel global. Además, es profesor de Marketing, conferencista y asesor en innovación corporativa, liderazgo y marketing. Reconocido por “Thinkers50” como uno de los principales líderes de pensamiento a nivel mundial, ha coescrito tres libros de negocios con Philip Kotler.
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Acerca del IA Agentic de Kyndryl
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De pilotos aislados a valor empresarial. Agentes inteligentes que impulsan agilidad, eficiencia e innovación.
El Marco de IA Agentic de Kyndryl está diseñado para ayudar a las organizaciones a trascender los experimentos aislados y convertir la inteligencia artificial en un motor de valor empresarial. A través de la integración de agentes inteligentes que colaboran con sus equipos, este enfoque impulsa mayor agilidad, eficiencia e innovación en toda la operación. Se trata de un modelo probado y seguro, que se adapta a su realidad actual para identificar oportunidades de alto impacto, acelerar la transformación y establecer una base sólida para un crecimiento sostenible.
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